viernes, 9 de abril de 2010

Extraños



De repente, ese sonido que desprende la llave tras rasgar la cerradura ya no es la melodía que acostumbran a percibir nuestros oídos. Ya no. El aroma que rodea la estancia, un día manida para nuestros cinco sentidos, no guarda semejanza con el ambiente que ahora nos acompaña, día a día. La vida nos cambia de la noche a la mañana y, pese a todo, nos erigimos como animales de costumbres que consiguen adaptarse a to-do, bueno o malo, mejor o peor, siempre diferente.

Las vicisitudes de la vida me han conducido a recuperar mi trascurrir del pasado, sólo por unos días, sólo por unas horas, únicamente de prestado. Y allí estaba yo, la de antes, en el lugar de antaño, pero convertida ya en una persona distinta. Extraña. Volver a la que un día fue tu casa ya no es rutina, ni un elemento más del día a día, es una extrañeza que te lleva a reflexionar. Sin quererlo, sin proponértelo, sólo por unas horas, vuelves a recuperar el horario y costumbres antiguas. El paseo por el parque que acostumbrabas a visitar a diario, donde encuentras aquellas personas queridas que ocupaban tu día a día y que ahora sólo ves casi por casualidad, el saludo de algún conocido, la muchedumbre y actividad que ahora quedan lejanas... Volver siempre es reencontrarte con lo que un día fuiste y descubrir lo que ya no eres.

Hace no mucho tiempo me encontré por la calle, casi por casualidad, con un rostro conocido. Lucía el pelo mucho más corto de lo que yo conocía y su tez se había endurecido con el paso del tiempo. Había cambiado su ropa alternativa, de mercadillo, por una vestimenta formal de esas que te otorgan el calificativo de "señor" y por la que nadie te miraría jamás con malos ojos al entrar en cualquier establecimiento. En cuanto lo observé, en cambio, mi memoria extrajo la imagen de un chico bastante distinto, en un contexto completamente diferente...

... eran días de asueto, libertad, disfrute y todos aquellos calificativos que se pueden acompañar a un verano adolescente en la costa. Ambos formábamos parte del mismo grupo de amigos, inmenso, enorme, que cada verano se reunía con las mismas ansias de reinventar el periodo estival. Esos días con total ausencia de responsabilidad, de canto a la diversión por la diversión que jamás volverán a aparecer por mi vida, ni por la suya. Entonces, con 12 años menos, experimentaba una diferente concepción de la vida. Su pelo se recogía en una coleta, jugaba al diábolo en la arena durante un tiempo infinito, contaba hazañas que rozaban lo ilegal y siempre había más de una asignatura enquistada que le perseguía, sin éxito, durante todo el verano.

Éramos diferentes, pero compartíamos similitudes, amistades, necesidades de la edad y, sobre todo, esa especie de cariño que se le otorga al grupo, a la tribu. Seguro que guardamos en la memoria las mismas anécdotas de aquellos intensos y vastos veranos que comenzaban en la playa a la luz del día y culminaban en la playa en la madrugada...

No pude más que acercarme con jovialidad, con la misma inocencia que gastaba a los 17 años, como si su presencia volviera a acercarme a aquellas añoradas vacaciones y, por arte de magia, nos condujera a ambos a la arena de aquella playa. Sin embargo, negó conocerme o, al menos, acordarse nitidamente de mí. "Lo siento, cómo dices que te llamabas". En cambio, sólo tardó unos segundos en explicarme como había cambiado su vida. Sin nombrarlo, quiso dejar claro que ya no era el chico de antaño. A base de talonario, su padre había conseguido librarle de aquellas asignaturas sempiternas, lo alejó de su ambiente alternativo internándolo en la capital y ofreciéndole una carrera universitaria que le ha otorgado un buen trabajo. Ésa fue mi deducción, obviamente, su narración fue mucho más ornamentada.

Aquel corto monólogo concluyó con la misma "falsa ignorancia" hacia mi persona con la que se inició. "Siento no recordarte", mintió nuevamente de forma descarada. Y se marchó con el mismo paso firme, su indumentaria de adulto, su peinado diferente. Queriendo parecer un extraño pero sin poder esconder a aquel joven con melenas que jugaba al diábolo durante la puesta de sol, en la playa.


1 comentario:

  1. jum....me suena la historia...será idiota jejejeje

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