domingo, 1 de abril de 2012

Cuando nadie me ve



Lo vi escondido, ausente. Tan dentro del mundo como tan alejado. Abandonado en la esquina de una calle de muchedumbre y jolgorio, de piernas incesantes y voces alzadas en alaridos. No sé como llegó a aquel lugar ni, tan siquiera, si era consciente del espacio exacto en el que se hallaba. Porque se apartaba de todos queriendo mostrarse con total tranquilidad. Pero se sumergía en la sombra de aquel rincón sin nombre que parecía diseñado para él, para su figura, para su eterna sombra.

Era imposible no dedicarle una mirada al pasar por aquel transcurrir de festivas almas. Era inevitable girar el cuerpo, pausar el paso, interrumpir el camino para apreciar su estampa. Captar una visión que él jamás compartiría, por imposibilidad, por crueldad de la naturaleza, por eterna oscuridad en sus pupilas, por ausencia de luz en su mirada. Sin poder ver, sin captar cada día la claridad de la mañana, ubicaba su cuerpo hacia los demás para demostrar, sin miedo, la maravilla inefable que podían diseñar sus manos.

Sus dedos acariciaban aquel acordeón que le acompañaba, unidad fiel como la piel al alma. Dibujaba en el aire un acorde vital que embriagaba de entusiasmo a todo aquel que compartía su misma estancia. Que se paraba a su paso, que se giraba, que le dedicaba con gratitud una almibarada mirada. Ausente, abandonada, vana, que jamás sería compartida, que nunca sería captada.

Las monedas se agolpaban bajo sus pies, mientras los sonidos de su acordeón adornaban el aire. Yo lo miré, con interés, con curiosidad, con pena, con lástima. Tan expuesto ante todos y, tan ausente. Sentí quemar mi alma, agolparse mis lágrimas, temblar mi interior; sin saber si era su ceguera lo que me atormentaba o el descubrimiento de una mayor oscuridad en mi propia estancia.

domingo, 18 de marzo de 2012

Una primavera incierta

 

No me he perdido. No estoy ausente. No he desaparecido, ni he querido escapar. No he huído, ni he salido corriendo; ni siquiera he dejado de caminar por estas líneas una y otra vez. Simplemente, la vida es más difícil de lo que jamás habría imaginado, porque yo la quiero complicar, porque la retuerzo un poco más cada día, porque amplío mis obstáculos, porque nunca nada es suficiente. 

La primavera nos amenaza con su sombra incandescente, mientras mi último post aún habla de guirnaldas y adornos navideños. Porque los últimos meses se han condensado en un suspiro, y porque los próximos tres serán aún más duros, más montañosos, más inexorables. Me dejo guiar por el impulso sin saber si hago lo correcto. Sólo porque un día comencé esta andadura y no sé bajar los brazos. No sé como decir que no o aplazar lo iniciado. Sólo sé cumplir con las promesas, aunque sólo sea yo la destinataria de las misivas.

De momento, estoy enamorada de una profesión que jamás había moldeado. Que se interpuso en mi camino. Que apareció de la nada. Pero que me ha dado mucho más de lo que yo podré agradecer jamás, en el último año. Adoro lo que hago y adoro a los que me dejan hacer que lo lleve hacia adelante. Es el bálsamo de mis males y el mayor liceo de mi madurez. Empieza la función y soy feliz. Despliego mi lengua y me siento mágica. Acaricio mi gramática y me siento única, viva, feliz, en mi lugar soñado. 

No sé que pasará en los próximos meses. Qué caminos se abrirán a mi paso. Que senderos desaperecerán de este mapa tenebroso que nos hace desviar el camino y adentrarnos en cualquier paraje. Sólo sé lo que ahora valoro de la vida. Lo que puedo saborear gustosamente cada día. Lo que tengo. Lo que jamás querría perder. Aunque dedicar tiempo a estas líneas sea adeudar unos minutos de oro.