miércoles, 16 de marzo de 2011

Estrenando nuevo hogar


Llevan juntas todo el invierno, aunque desconozco cuando se vieron las caras por primera vez. Tal vez, les presentó un amigo. Quizás, se conocen desde la niñez. Puede que fuese fruto de un flechazo o el propio fluir de la vida les puso en el mismo camino, en un bendito momento determinado. Jamás lo sabré. Nunca me lo confensarán.

Me topé con la pareja casi por casualidad y por pura rutina, puesto que han instalado su hogar a sólo unos metros del lugar donde hemos consolidado el nuestro, desde hace ya casi 22 meses, más de año y medio, sólo un suspiro. Se les ve feliz con su nuevo nidito de amor. Lo intuyo, puesto que siempre que merodeo por la estancia se encuentran juntas, en la puerta de casa, sin permitirse una sola salida a conocer el barrio, para establecer amistad con los vecinos, para explorar la zona. Puede que, como yo, sean animales de rutina y costumbre, ya que, realmente, siempre me paseo por las inmediaciones de su fortín a la misma hora, cuando cae la tarde, al inicio del ocaso, en la hora de la reflexión, de la tertulia, del debate.

Puedo confirmar con una sonrisa que me satisface encontrarlas cada día, a lo lejos, ojo avizor ante nuestra presencia, con temor a que perturbemos su equilibrio, su magia, ésa por la que lo han abandonado todo. Se tienen la una a la otra y eso me llena de satisfacción, porque creen ciegamente en su decisión, en su apuesta, en su compromiso. Ahora son sólo ellas dos, en su nuevo hogar, iniciando una nueva vida, estableciendo su estancia, acomodándose a la zona, comenzando a vivir. No tienen que dar explicaciones, ni barajar los pro y los contras, ni tan siquiera dudar. Sólo siguen el ciclo de la vida, ése al que se han adherido con plena fidelidad y lealtad, libres.

La primavera amenaza, nos observa escondida detrás de esas bambalinas que pronto se abrirán de par en par para ella, y la pareja se prepara para la bienvenida. Imaginamos que nunca abandonan ese terreno que han elegido como hogar porque la familia está a punto de crecer y, celosamente, aguardan el momento, lo protegen, lo adecúan. Ambas lo han decidido como culmen de su alianza, por hacer cumplir la ley de la vida y porque la facultad de su reloj biológico se lo permite. La descendencia llegará sin pedir permiso ni perdón, sólo entrarán en casa, su casa, porque sus progenitores así lo han ideado, lo pactaron, lo sellaron. Y crecerán junto a los seres que más quieren para, un tiempo después, emular las líneas que un día escribieron sus padres.

Sé que no le gustamos y, menos aún, la presencia de nuestros canes, puesto que nunca nos pierden de vista ni nos dan la espalda. Desconfían de nuestras ideas, de nuestra invasión de la intimidad, de nosotros, los más temibles depredadores. Sin tan siquiera saber lo mucho que envidio su estatus, su estilo de vida, su confianza ciega, su vida en pareja, su eternidad. Nunca habrá intromisiones, falta de comunicación o crisis familiar, sólo la vida, la perpetuación de la especie, la misión de cumplir con el ciclo de la vida, juntas, unidas, porque así lo decidieron. Porque lo quieren.

Ahí están, de nuevo, como cada tarde, esperando que pasemos para regresar a la tranquilidad, casi sin moverse, al acecho. Pese a que otro humano espante su sosiego y les obligue a lanzarse al agua para alcanzar la otra orilla, salvo la llegada de algún niño que quiera atravesar la línea que supera lo público de su privacidad... Ahí permanece, a salvo, enseñándonos -sin saberlo- lecciones de la vida, nuestra querida pareja de Ocas.

martes, 15 de marzo de 2011

Konnichi wa


Hace bastante tiempo que llevo madurando la idea de trazar unas líneas sobre ellos, dedicarles un trozo de mi tiempo, pero aún no me había decidido completamente. Era uno de esos temas que uno guarda en la recámara, en el cajón de próximas entregas o en la conocida como "carpeta de adelantos", aquella de la que formé parte en mis inicios en ABC. Una posible opción, un terreno factible, una idea. Pero la actualidad ha convertido en extrema urgencia lo que sólo era un mero embrión y aquí me encuentro, dispuesta a dedicarles unas palabras en el lenguaje que comparto con Cervantes, ofreciéndoles la reverencia que merecen, encendiendo una vela por todos ellos, colocándome bajo sus propias pieles.

He conocido Tokio a través de Haruki Murakami, de los sabores inefables que me produce la degustación del sushi, una joya gastronómica a la que recurro frecuentemente, sin mucha dilación, siempre con el mismo entusiasmo. He estudiado su historia y observado su avance desde el cristal de la distancia, pero con el justo respeto que se merecen todos y cada uno de los que se afanan por avanzar, crecer, renovarse. Ellos nos han enseñado que, a veces, es necesario seguir adelante tomando prestado aquello que ya ofreció éxito a los ajenos. Adaptar su cultura sin tener que mover ni un ápice de su esencia milenaria. Alabar los logros de otras potencias sin tener que rasgarse sus vestiduras. Aceptar a los demás sin comparar.

Conocí Kioto a través de los ojos de Tokiko, una simpática septuagenaria que endulzó aquellas clases de principiantes que acogí en el mes de noviembre, un tiempo tan distante a la desgracia, tan diferente. Ella me enseñó que todo se merece una sonrisa, lo bueno, lo malo. Ella me mostró la humildad con la que uno debe enfrentarse a la vida, pese a que podría ofrecerme lecciones porque dobla mi estancia en estos lares, como hacen todos y cada uno de los que no rodean en este entorno familiar de la cercanía. Ella me ayudó a valorar el silencio, mucho más de lo que ya lo valoro. Ella me hizo mejorar y, sólo con eso, merece mucho más de lo que yo puedo ofrecerle desde mi pequeño rincón, desde mi distante ventana.

No sé que habrá sido de Tokiko, de su entorno, de su realidad. Sólo sé lo que me ofrecen las imágenes que se repiten por nuestras retinas una y otra vez, cada día. Unas secuencias duras pero, al mismo tiempo, demasiado manidas por nuestra mente, cansada de ficción y sucesos cercanos que captan aún más nuestro interés y sensibilidad. Ya nos lo decía Galiana, es más duro lo escaso, pero cercano, que lo lejano y numeroso. Ya ves, a la larga, comienzo a encontrar sentido a aquellas clases de "Análisis del discurso periodístico" que tanto me inquietaban y desubicaban, ésas que nos dejaban totalmente fuera de la partida, allá por el inicio del nuevo milenio, diez años atrás.

Pero torno los ojos hacia Japón y quiero mantenerlo en mi memoria como me lo mostró aquella geisha, dibujado con ternura, como los dibujos animados de nuestra infancia que tanto le debemos. Envolverlo en una alga para apartarlo de la desdicha que no merece y mantener intacto su sabor. Recorrer sus calles de pueblos y ciudades a través de las imágenes que sólo puede devolverme los reportajes de televisión y seguir manteniendo la viva ilusión de que un día podré pisar su asfalto, aunque tenga que desprenderme de mi calzado a mi llegada para no estropear su magia. Porque era uno de mis deseos futuros, un sueño por cumplir, casi una promesa, pese a que estuviera guardado en un cajón o en la carpeta de adelanto, como todas estas líneas.

Ahora sí, emularé a quienes saben y colocaré un cerdito de escayola en mi cocina, con la leyenda: "Destino Japón". Con el recuerdo de que los sueños deben cumplirse, de la necesidad de afanarse y luchar por conseguir crecer y mejorar cada día. Porque sé que Japón, cual avez Fénix, conseguirá resurgir de nuevo de sus cenizas. Y nos darán un nuevo ejemplo de superación. Y nos enseñará una nueva moraleja, como si de un haiku se tratara. Y volverá a ser lo que era. Porque, en esta vida, es fundamental creer y yo creo ciegamente en ellos. Porque deseo enormente ofrecerles un sincero "Konnichi wa" (saludo) y un eterno "arigato" (gracias).

miércoles, 9 de marzo de 2011

Cuando la formación sobra para sobrevivir


El timbre que acababa de pulsar sonó en el fondo de la estancia. Sólo me había personado en el lugar por curiosidad, a sabiendas de que aquella entrevista era sólo papel mojado. Sin embargo, me resultaba curioso conocer la primera respuesta a las muchas peticiones que una se ha afanado por realizar por todos los medios posibles. El primer feed-back en muchos meses. No había nada que perder y tenía la mañana libre.

Una señora de mediana edad me recibió con una amplia sonrisa. Y se dirigió con premura al otro lado de aquel recibidor que había convertido en un apéndice de ella. Pronuncié mi nombre y le confesé que quizás había llegado demasiado pronto, puesto que había olvidado la hora exacta de la cita. Fue demasiado esfuerzo recordar de memoria la dirección correcta y el nombre de la persona por la que debía preguntar, sobre todo, cuando te aborda una llamada totalmente inesperada, rápida y sin redundancia, en la mitad de la calle. No hubo muchas explicaciones, ahora sé que no les interesaba. Tan sólo una hora, una dirección, un nombre y mucha prisa.

Efectivamente, me confirmó que me había adelantando una hora a la cita. Sin embargo, podía esperar en una sala porque no había ningún problema para que me atendieran con anterioridad. Mientras me dirigía a la citada habitación, pude otear la oficina. A priori, bastante cómoda e interesante. Una mampara con cristales separaba la estancia que había conocido hasta el momento del lugar de trabajo de todas aquellas mujeres. Pude ver como conversaban entre ellas, mientras otras levantaban el teléfono de espaldas a mi mirada. Una de las trabajadoras salió con una taza de café en la mano y preguntó a una compañera si aquel problema personal estaba solucionado. La afectada asintió y le dio las gracias por su interés. Todo era normal, lo habitual en cualquier centro de trabajo.

Mientras aguardaba en aquella estancia repleta de libros, principalmente, colecciones y enciclopedias de temas específicos, me pude hacer una idea de la labor de aquella empresa. Hubiese sido un buen recurso que me ofrecieran la elaboración de los contenidos de todos esos manuales. Un proceso de investigación en la materia, el diseño de las páginas, las fotografías y, finalmente, la maravillosa redacción. Me evadía en mis pensamientos cuando otra chica, curriculum en mano, se sentaba en mis proximidades. Al principio, sólo nos saludamos. No puedo negar que me avergonzaba estar en ese lugar, en aquel momento. Iba a escuchar una oferta por un trabajo en el que no es necesaria ninguna preparación académica y donde, mis años de estudio y trabajo, serían sólo una mera anécdota.

Imaginé que aquella compañera estaba acostumbrada a realizar este tipo de entrevistas. Quizás, incluso habría trabajado en alguna ocasión en estos menesteres y, con toda probabilidad, apenas había superado los estudios iniciales. En cambio, comenzamos a hablar con timidez y reserva, como se suele proceder cuando se entabla conversación con un desconocido. De trivialidades, sin revelar demasiado nuestros datos. Pero, una cosa llevó a la otra. La desesperación se leía en nuestros rostros y acabé sabiendo que aquella chica era licenciada, con una experiencia de años en el sector bancario y con un año intenso de preparación de oposiciones. Un clon que, como yo, aguardaba una llamada que le abriera las puertas a aquel mundo que le prometieron cuando tan sólo comenzó a estudiar la tabla de multiplicar. En ese momento fui consciente, si no lo era ya suficientemente, de la situación a la que ha llegado la sociedad española. Especialmente, la generación que me ha tocado vivir.

Llegó el turno de mi entrevista. No hubo preguntas. No escuché cuestiones sobre mi formación académica, ni acerca de mi experiencia laboral, ni de mis dedicaciones actuales. Sólo repitió mi nombre y datos personales y explicó, sin más, las condiciones. Tres horas y media al día, un sueldo ínfimo. A cambio, mi labor consistía en convencer a flamantes mamás de la necesidad de comprar, de forma urgente, una enciclopedia detallada sobre la salud del recién nacido. Tocar la fibra sensible con todas las armas que estuvieran en mi mano. "Si no vendes nada en un mes", me espetó, "ni te interesa a ti ni me interesas a mí. Piénsalo, si nunca subes al carro, jamás sabrás si esto es para ti".

Pero lo supe en cuantro cruce la puerta que, tan amablemente, me había sujetado aquella señora que me dio la bienvenida. Nadie dijo que lo que uno ansía fuera fácil. Roma no se consiguió en dos días y hasta premios nóbeles como García Márquez pasaron penurias hasta alcanzar su objetivo. Todo el mundo tiene un precio y mi dignidad, por el momento, no está al alcance de cualquiera, así tenga que ver amanecer cada día con las manos vacías.

Hoy me espera Adair. Será mi primera clase particular. Seré féliz ofreciéndole todo lo que sé de la lengua de Cervantes, aunque a cambio consiga un jornal de esos que antiguamente llamaban "de maestro escuela". Si lo releo, sin duda, música celestial. Que comience a sonar la partitura.

martes, 1 de marzo de 2011

Desde mi balcón, casi en primavera


El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro...

Es una tarde clara,
casi de primavera,
tibia tarde de marzo
que el hálito de abril cercano lleva;
y estoy solo, en el patio silencioso,
buscando una ilusión cándida y vieja:
alguna sombra sobre el blanco muro,
algún recuerdo, en el pretil de piedra
de la fuente dormido, o, en el aire,
algún vagar de túnica ligera.

En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia,
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón: espera.

Ese aroma que evoca los fantasmas
de las fragancias vírgenes y muertas.

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,
casi de primavera,
tarde sin flores, cuando me traías
el buen perfume de la hierbabuena,
y de la buena albahaca,
que tenía mi madre en sus macetas.

Que tú me viste hundir mis manos puras
en el agua serena,
para alcanzar los frutos encantados
que hoy en el fondo de la fuente sueñan...
Sí, te conozco, tarde alegre y clara,
casi de primavera.

(Antonio Machado)


Después de un fin de semana largo, más intenso y productivo que los demás, regreso al calor del hogar rutinario, acogedor y nuestro. La mañana ha amanecido tan luminosa como viene floreciendo en las últimas semanas y, con ella, el despertar del campo, cuyo pedazito de muestra acojo en mi terraza. Los buenos días de las plantas son, casi en la primavera, como el saludo matutino de un ser querido que amanece en nuestra cercanía, con una sonrisa, acompañado de un buen desayuno, con el aroma de la mañana, casi en primavera.

Me asomo a la terraza y enmudezco observando el arsenal de hojas verdes y flores incipientes que se alegran de verme, como yo de sentir su presencia. Despierta el campo andaluz, despierta mi terraza, despierta mi mañana, casi en primavera.
















viernes, 25 de febrero de 2011

Ya han llegado los vencejos


Hoy escribo por encargo, ¡qué falacia más real aquello de ganarse la vida con las letras! Tecleo y uno estas palabras porque alguien me ha pedido que desnude su alma en esta página. Y como no suele solicitar demasiado y, en cambio, ofrece mucho más de lo que él mismo sabe, aquí me encuentro a un suspiro de escapar del nido para inmortalizar su gozo, áquel que fotografían sus pupilas, a cámara lenta.

"Ya han llegado los vencejos", me dice sin más. Ése es su encargo, ésa es la misión que me encomienda, ésas son las palabras con las que me dicta todo este relato que pretende deslizar en esta página. Y no me queda otro remedio que descifrar su contenido mediante todas aquellas fórmulas y materiales de investigación que se encuentran a mi paso.

Tomo la lupa y observo que ha empleado el pretérito perfecto y que se incluye en el discurso, luego me habla de un tiempo que está siendo y que forma parte de su mundo circundante, también él mío, el nuestro. Esta idea la corrobora el adverbio de tiempo "ya" que ha elegido cuidadosamente para iniciar la frase. Pero, sin duda, lo que más información me aporta, el rema, el núcleo y el "quid" de la cuestión, la connotación más evidente la presenta mediante el sustantivo común y concreto: "vencejo".

Con esta última idea, voy deshojando aún más este misterio y observo que quiere decirme mucho más de lo que dice, afirma mucho más de lo que afirma luego, utiliza el acto ilocutivo para esconder su verdadero objetivo (¡Ay! Si me vieran Austen y Searle). Tiro de la pragmática como nueva arma de investigación y llego a la conclusión de que la solución se encuentra en este contexto cultural que ambos compartimos. Una vez más, nuestro mundo circundante, el que nos rodea, el que nos envuelve.

De todas las formas posibles que podría haber utilizado para indicarme que ha llegado la primavera (adelantada, claro, como ya indicó la marmota), se decanta por la llegada de las aves, como no podría ser de otra manera en una persona que las adora. Un jardinero o un amante de la jardinería te indicaría que están floreciendo las plantas o que ya comienza a oler a azahar en los cítricos (puedo corroborarlo a través de mi limonero). Quizás, alguien se percate por la dilatación del horario solar o tal vez, por cualquier otra curiosidad que otros muchos no conocen pero que a otros tantos resulta gratamente familiar.

Y, finalmente, desenvuelvo el envoltorio de este misterios con la ayuda del paralenguaje, la comunicación no verbal, el tono que ha elegido para proferir esta frase y puedo afirmar, a ciencia cierta, que es una noticia que le llena de gozo, de felicidad y que le alegra el alma. ¿Y a quién no se le escapa una sonrisa tonta ante una simple observación hacia el horizonte soleado en estos días?

Ya puedo liberarme de estos guantes que garantiza la objetividad y limpieza en estos lares, despojarme de las herramientas de investigación y vaciar mi mesa de trabajo para elaborar el informe definitivo, que así reza: "Ha llegado la primavera adelantada, cuando aún no se desplomado la página de febrero en el calendario, la misma que ya espera la cuenta atrás temblorosa, como cualquiera podría encontrarse si se hallara pendida de un hilo. Ha llegado la estación del renacer y su magia también penetra por nuestros poros y nos hace remontar el vuelo, resurgir, cambiar la piel y animar nuestro alma. Las plantas están a un hálito de florecer y el sol alivio cualquiera de nuestros males. Las tardes amplían sus horizones y los vencejos regresan a casa, alumbrando con felicidad su bienvenida. La vida sigue, pero aún es más agradable con el almíbar de la primavera en nuestro paladar. Saboreando, saboreando, saboreamos lo que aún nos queda por llegar sin perder ni un ápice de lo que nos está sucediendo. Llega la primavera y es hora de abrir nuestras ventanas".

Aquí acaba mi investigación, aquí ofrezco el procedimiento, aquí marco el resultado, aquí finaliza mi encargo. Sólo espero que el pago tenga lugar este fin de semana, en el paseo marítimo, con la caída del sol, ante la renuncia de los minutos, cuando las olas nos aseguren que en realidad, sí ha llegado la primavera.

viernes, 11 de febrero de 2011

El guardián del atardecer


Lleva varios días rondando por el barrio y yo le observo, desde la distancia, de forma invisible, con la misma invisibilidad que le acompaña a los ojos de los demás. Él no lo sabe, pero me he percatado de su existencia y ha entrado a formar parte de mi mundo circundante. Su presencia reclama mi atención desde la ventana, desde la puerta de acceso al edificio y en la lejanía, cuando mis pasos se van acercando a su quietud.

Aguarda paciente a la salida del supermercado. Nunca se sitúa en la puerta, en la dirección directa a la muchedumbre que entra y que sale, como una corriente fluvial que nunca cesa. No se sienta en el típico rincón que da acceso a la estancia. No aborda. Al contrario, prefiere tomar distancia, colocarse en un vértice poco simétrico y observar, seleccionar sus objetivos desde la oscuridad. La misma oscuridad que cubre su rostro, que le hace invisible, que le aporta seguridad. Espera y actúa.

No sabría determinar su edad, aunque me aventuraría a afirmar que ha traspasado livianamente la veintena. Tampoco podría identificar su procedencia, pero su tez morena me sugiere imágenes de algún desconocido país del Este. Calza unas zapatillas de andar por casa junto a un vestuario que no le haría diferente al resto de la sociedad. Es una persona joven, sin más, que pide limosnas a las puertas de un supermercado de barrio, siempre por la tarde, siempre al anochecer.

Quizás tiene una familia que se lo reclama, tal vez pase necesidades básicas, o puede ser que simplemente utilice la recaudación para sufragar sus vicios, esos que he visto quemar en su mano cuando el ir y venir de consumidores le da un pequeño respiro. Sólo son conjeturas, hipótesis, pensamientos que surgen al calor de una observación no demasiado exhaustiva en la caída de la tarde. Después de un largo día de reflexión. Uno más. Uno menos.

Y me intento mimetizar con su piel, situarme en su puesto, imaginar. Quizás algún día alguien podría verme como yo ahora lo observo a él. Tal vez, la vida me obligara a suplicar limosnas, a pedir ayuda, a olvidarme a la suerte de los demás. Entonces, me costaría un mundo colocarme en la puerta de cualquier supermercado, en el típico rincón que da acceso al recinto y, como mi joven desconocido, también aguardaría en la oscuridad para aliviar mi rostro, para ocultar mi vergüenza, para conseguir mi invisibilidad. Porque nadie sabe lo que nos viene de camino en el mismo instante en el que nos atrevemos a colocar etiquetas.

lunes, 7 de febrero de 2011

Tan fácil como dar pedales


Ayer palpé los colores de mi ciudad de una forma totalmente distinta, aventurera, mágica. No hicieron falta demasiados ingredientes. Sólo, una buena compañía, el calor del sol y el estreno triunfal de mi nueva bicicleta, la misma con la que entré de lleno en la inmensidad de mi nueva decena, de mi flamante ciclo. Fue como transitar con libertad por una dimensión paralela a la que contemplo cada día. La carretera, el fluir del tráfico, el caminar de la gente, el bullicio... de un lado. Nosotros, del otro.

La brisa de la mañana golpeando en tu rostro mientras pedaleas, la visión de una estampa familiar vista desde un ángulo desconocido, al ritmo del pedal. Calles inéditas, barrios ocultos y el pedaleo, siempre el constante pedaleo. Otros ciclistas que te adelantan o a los que aventajas en cualquier recodo factible de esa serpiente serpenteante de la que ahora formas parte. Como si se tratara de un club secreto donde acabes de iniciarte. El asfalto atravesado con una piel distinta.

Y hoy sólo pienso en repetir, como cuando era niña y llevaba la bici tatuada en la piel. Aquella que me permitía recorrer palmo a palmo cada rincón de mi pueblo, aquella que me facilitaba compartir la vida con mis amigos y adentrarme en mil aventuras, imaginar, soñar. De nuevo, eché una mochila a mi espalda, como aquellas tardes en las que imagínabamos una exploración sin precedentes. El camino de la estación nos conducía siempre a un mundo nuevo, repleto de rincones anónimos nunca descubiertos, caminos surgidos de la nada o eso pensábamos en la inocencia de nuestra infancia mientras hacíamos girar el pedal y echábamos atrás esas tardes demasiado largas.

Entonces, atravesábamos angostas veredas enmarcadas por fincas con perros hambrientos y agresivos que ladraban sin cesar a nuestro paso, hectáreas de naranjos que nos cobijaban cuando decidíamos hacer un alto en el camino y descansar a la sombra, cortijos abandonados y derruidos donde veíamos fantasmas e imaginábamos historias truculentas, sin ni siquiera pensar en la opción del descuido puro y duro. Caminos pedregosos que, a veces, nos castigaba con alguna caída, encuentros desagradables con exploradores de otros barrios y, sobre todo, escuela, que nos perseguían con el objetivo de gastar bromas demasiado pesadas. Y al fondo, siempre al fondo, como última parada y fin del trayecto, donde siempre tocaba dar la vuelta y regresar a casa, dar por concluída aquella tarde de exploración y aventuras, poner punto y seguido a nuestras escapadas, siempre en el horizonte... el Guadalquivir.

Su estampa hipnotizaba, hacía detener el tiempo, captaba nuestra atención. El siempre fluir del agua, a nuestros pies, podía hacernos callar durantes unos minutos, paralizarnos y mimetizarnos con la naturaleza. Aquel río que pasa por nuestro pueblo y que, al parecer, es aquel río de tal importancia que ha aparecido siempre en nuestros libros de texto, permanece latente en mi pupila pese a que hace casi una década que no contemplo su vista. Esa vista que me permitía contemplar mi vieja bicicleta.

Ya no transito por los arduos caminos de mi pueblo, ni las tardes son tan largas, ni poseo mi antigua bicleta, pero ayer volví a tener diez años y a sentir la magia especial que aporta el simple girar de los pedales. Cambié la ciudad por el campo, los diez por los treinta, el Guadalquivir por Sevilla... pero, en el fondo, continúo siendo una exploradora que busca caminos desconocidos, rincones intransitados y, por qué no, imaginando historias fantásticas que sólo están en mi cabeza. Suerte que tú también las compartas conmigo porque, aunque no me lo dijeras con palabras, pude leerlo en tus pupilas, descifrarlo con ese código que sólo conocemos nosotros. El que nos enseña el pedal.