miércoles, 15 de diciembre de 2010

Mi infancia entre costuras


Hay momentos en los que uno se cuestiona si está viviendo su vida o la de otro. Instantes en los que dudas si, verdaderamente, tu realidad contiene todos los ingredientes que habías imaginado en un tiempo remoto. Incluso, algunos días en los que cuesta situarte en el mundo en cuanto le abres los ojos a una nueva mañana. La identidad, una cuestión que me ronda por la cabeza cuando acabo de leer la primera de las historias de la Trilogía de Nueva York de Paul Auster.

Si echamos la vista atrás, al menos en mi caso, la situación vital cambia tan en demasía que incluso marea. En algún momento de mi vida, las circunstancias quisieron que cambiara mi reloj de pueblo por otro de ciudad, el fuego lento por la ebullición instantánea, los minutos saboreados por segundos fugaces, la tranquilidad por el ritmo vertiginoso. En mi infancia, en mi pueblo, las tardes eran eternas, incluso cuando caía a plomo el mes de diciembre y su escasa luz. Había juegos infantiles en casa o en la propia calle, había visita a familiares y amigos, contabas con tiempo para realizar las tareas escolares... incluso podías permitirte perder el tiempo. Sin más. Todo un lujo.

Hace apenas unos días he recordado como crecí rodeada de hilos, agujas, dedales, alfileres, maquinas de coser a pedal y eléctricas, jaboncillos para marcar las telas, metros, medidas anotadas en cualquier folleto que a tal menester se prestara. La costura como cultura que reunía a las vecinas en una misma casa, cada tarde. El sonido del pedal al marcar un pespunte, la voz entrecortada mientras se habla con un alfiler sostenido entre los labios, las risas por las mil y una historias que surgen en torno a esta práctica milenaria; los hilos que uno se lleva pegado en la ropa a casa, como si no quisieran marcharse nunca, para que jamás olvidaras tus costumbres, las de tu cercanía.

Me gustaba contemplar la escena y ser partícipe de ella. Escuchar atentamente las historias mientras alguien cogía los bajos de esos pantalones que permitirían que mi disfraz navideño no fuese demasiado fresco. Alzar los brazos para que tomaran las medidas de la espalda y el contorno, con unos trazos mal escritos en un trozo de papel; mientras otras se afanaban con la máquina o cortaban las telas en la mesa, la misma que se utilizaba como camilla para calentar la estancia. A lo lejos, se oían los ecos de una pequeña televisión, siempre conectada como música de fondo o como avivadora de la conversación cuando los temas decaían, que solían ser la menor de las veces.

Allí me sentía arropada y el tiempo se detenía sólo para nosotras. Me sentaba a contemplar o jugaba con mis muñecas aprovechando los retales que caían por doquier. Con el paso de los años las citas de costura se fueron separando en el tiempo, mientras crecía y mis compromisos académicos me acercaban al mundanal ruído. Ya no había tiempo para aderezar las tardes sentada en la mesa de camilla y escuchar historias en torno a la costura. Todo se fue acabando, apagando, hasta que un interruptor perdido de la memoria conecta la luz de esa sala y todo regresa a la mente, como si nunca se hubiera marchado, salvo que tú ya no eres ni la sombra de lo que un día fuiste.

Y jamás aprendí a coser. Nunca capté esa magia que permite convertir un trozo de tela en todo aquello que quisieras, porque tienes la técnica en tu mano y el diseño en tu cabeza. Nunca tuve tiempo para practicar porque siempre lo sustituí por interiorizar la praxis de otras mil cuestiones que me parecieron más importante. La costura, como reminicencia de las mujeres del pasado, era eliminada de nuestro día a día como símbolo de libertad y progreso. Y es ahora, cuando me acerco vertiginosamente a la treintena, cuando añoro el conocimiento y lamento el total desconocimiento. Me encantaría poder crear y arreglar cualquier nimiedad que se me antoja un mundo. Solucionar sin depender de nadie. Saber hacer sin dar trabajo, sin delegar en nadie.

Cuántas cosas del pasado habremos perdido por intentar mejorar. De cuántas historias nos habremos librado como quien se aparta de un lastre para lograr la libertad. Y es ahora, con la madurez y la reflexión, cuando me doy cuenta que somos aún más esclavas de lo que un día fuimos. Pero esta cuestión, sin duda, dará para otro post, en otro momento, como quien cuenta las historias en torno a una máquina de coser, rodeada de hilos, alfileres y retales.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Carta a mi amor platónico


Un día apareciste en mi vida, de la nada. Me llamaste desde una esquina, a lo lejos, y yo me acerqué para conocerte. Me contaste mil historias, al oído, y yo te escuché muy atenta, casi sin parpadear, por miedo a interrumpirte, por temor a romper la magia. Quisiste que fuésemos amigos y, desde entonces, me embrujaste, me encandilaste, me enamoraste. Fuiste el guía de mis pasos. Ya nada fue lo mismo para mí. Tenía un objetivo, alcanzarte.

Aún era demasiado pequeña para rozar tu altura y me dediqué a crecer siguiendo tu estela. Maduré manteniéndote en mis pensamientos, me formé leyendo tus preferencias y, cuando tuve la primera oportunidad, declaré en voz alta, sin miedo, que lucharía por ti, costara lo que costara, a cualquier precio. Entonces, intenté adaptarme al molde que me pedías, superar las pruebas que me ofrecías; prácticamente, besar el suelo por el que pisabas. Ser digna de ti. Y derramé lágrimas, sudor y sangre por demostrarte mi valía, me afané, nunca di nada por perdido. Y te alcancé, te conseguí.

Aún recuerdo nuestra primera cita, repleta de nervios, muchos nervios; y dudas, muchas dudas. Aquel mundo con el que había soñado tantas veces, tu mundo, se abría de par en par para mí. Y entraba de puntillas, casi rozando el suelo, por miedo a errar en el primer paso, por temor a equivocarme, con la única idea de ganarte poco a poco, sin prisas, a fuego lento.

Desde entonces, y aunque nuestra relación se fue afianzando, no pudimos evitar algunas crisis, esporádicas, momentos de debilidad, de escepticismo, de desconfianza. Hubo tardes de glorias y noches de cuchillos largos. Tejimos ocho años de convivencia, de unión, de una intensa relación en la que creímos ambos. Apostamos fuerte, perdimos y ganamos, crecimos el uno con el otro. Vivimos los avances y las pérdidas, aprendimos juntos.

Todo acabó el 22 de septiembre de 2009. No fue una decisión precipitada. La maduré con paciencia. Mandó la razón y, por qué no, también las vísceras. Puse punto a una relación que ya estaba deteriorada, que comenzaba a resquebrajarse, a pudrirse. Quizás, no fuiste lo que esperaba, todo aquello con lo que soñé. Tal vez te idealicé, te magnifiqué, te inventé y retoqué a mi antojo. Te di mucho más de lo que me ofreciste. Me fallaste. Pero te dije adiós y te vi sonreir. Me susurraste algo al oído, como aquella tarde. Me observaste con orgullo, con actitud paternal y te resististe a soltarme la mano, a dejarme marchar. "Volverás", leía en tu rostro, "me perteneces, te pertenezco".

Jamás podré olvidarte, aunque ya no te echo de menos. Sé que te tengo muy cerca, más de lo que pensaba. He vuelto a citarme contigo en este blog, porque es así como yo te siento, y sé que algún día volveremos a unir nuestras manos, en otro contexto, en un escenario distinto, con otros personajes a nuestro alrededor. Volveré a encontrarme contigo, con el auténtico, con el que siempre imaginé, con el que soñé. Sin adulteraciones, sin enigmas, sin malintenciones. Pero ya nunca será una relación de amor, de plena entrega. Seremos amigos y nos veremos por casualidad, con citas intermitentes, por el puro placer de mantener la amistad.

Porque sé que nos pertenecemos, que estamos condenados a enlazar nuestros caminos, a observarnos a espiarnos. Entonces, te estrecharé la mano, nos daremos unos minutos, tal vez horas, para cruzar nuestras impresiones y ponernos al día. Y, entonces, seguiremos nuestros pasos por calles distintas, por mundos diferentes, sabiendo que habrá otros pequeños encuentros en nuestras vidas. Aunque sin ser nunca lo mismo. Desde la distancia.

Porque siempre seremos un punto y aparte, amigo Periodismo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Mi torre de Babel


Luke, Joel, Johannes, Nick, Aram, Jil y Celina han sido la causa de mi ausencia por estos lares en las últimas fechas. Luke, Joel, Johannes, Nick, Aram, Jil y Celina han sido mi henchido entusiasmo en las últimas dos semanas. Mi ocupación, mi reflexión, mi realización personal, mi camino a seguir. Mi descubrimiento de un mundo nuevo que me llena de satisfacción, de una vocación que se encontraba recóndita en mi interior.

El maravilloso mundo del ELE (Español como Lengua Extranjera) se abrió paso en mi vida casi por casualidad, de puntillas, con sigilo. Fue mi plan b después de aquel varapalo que me supuso conocer que no tuve premio en las oposiciones. Sigue buscando... Y busqué, pensé, me devané los sesos durantes algunos días, que parecieron años, hasta que abrí la web de la Academia Clic y retomé una idea que me rondaba por la mente desde que ejercía el mundo canalla del periodismo. Casi por casualidad, me dejé llevar hasta el corazón de Sevilla, donde tienen su sede. Casi por casualidad, me vi preguntando en recepción y con un folleto en las manos y, por capricho del azar, me encontré realizando la entrevista personal con quien, meses más tarde, sería mi profesora y compañera.

Agosto fue un mes de reflexión, dedicado a deshojar la margarita. Haré el curso, no haré el curso... Pausé las gestiones necesarias para matricularme, maduré mi idea y, finalmente, cuando el mes comienza a perder su nombre, tomé la decisión. Una gran decisión. Y así llegó el enriquecedor mes de septiembre, con una nueva tarea, un nuevo horario, nuevas personas en mi vida, nuevos profesores, una materia por conocer, unas técnicas didácticas, mucha información, almuerzos compartidos, anécdotas por doquier, clases prácticas... y de ahí, al escenario.

En octubre se levantó el telón y pude disfrutar de mi primera sesión. Una llamada de teléfono, un curso de principiantes, dos chicos ingleses, una chica holandesa, otra iraquí. El Aula 1 como manual, unas instrucciones rápidas de las jefas de estudio, algunos nervios, expectación, muchas escaleras que subir... Y así fue como me vi delante de una clase, con una pizarra, un material preparado, tres horas por delante y mucho, muchísimo que ofrecer. La experiencia sólo duró una semana. Mi primera semana como profesora de español como lengua extranjera. Mi gran estreno. Mi primer paso.

Hace dos semanas, recibí una idéntica llamada de teléfono. De nuevo, principiantes, más jóvenes, totalmente nuevos en la materia. Los ecos de la cultura inglesa, australiana, alemana, coreana y suiza decoraban el aula cuando giré el picaporte para acceder a la B8. Siete pares de ojos brillantes como focos recién encendidos me contemplaron expectantes durante nuestros dos primeros días como profesora y alumnos. Un idioma totalmente nuevo para ellos fluía de mis cuerdas vocales. Ellos apenas escuchaban sonidos donde yo emitía explicaciones. Apenas existían respuestas a mis preguntas, era difícil esperar una asentimiento con un leve movimiento de cuello o una sonrisa o un leve "sí" cuando comprendían cualquier instrucción, cualquier comentario.

Pero han pasado dos semanas y mis "niños", como ya me gusta llamarles, me hablan de bares de Sevilla y me preguntan dónde pueden ver "el clásico" el próximo lunes. Joel quiso saber el último día si me gusta Amaral y Pereza y, ante un fallo en el sistema informático, Luke comentó que quizás se debiera a las clavijas. No pude evitar sonreir al leer la redacción que Johannes ha realizado en el examen. Me describe su país, usando correctamente el verbo ser, estar y haber (que era el objetivo) y me recuerda que Vettel es alemán y le ha ganado el mundial a Fernando Alonso, un comentario que se había convertido en una broma de clase. Cantamos "Limón y Sal" de Julieta Venegas y me dicen que están "así, así" cuando les pregunto "¿cómo se encuentran?".

Nos despedimos con un hasta siempre el pasado viernes (ayer para quien escribe). Era mi último día y tocaba decirles que, después de dos semanas, cambian de profesora. "Nosotros te preferimos a ti", me espetaba Joel con la conjugación del verbo en la mano. "Cuando vuelvas la siguiente semana, pide este grupo", me solicitaba Jil, de forma repetida. Los siete pares de ojos ya no miraban inertes, sino acompañados por sonidos de desaprobación y tristeza. Casi se me hiela el alma.

La respuesta de mis niños me hizo retormar el camino de vuelta a casa flotando entre las nubes. Satisfecha, muy satisfecha. Realizada, muy realizada. Con recompensa, con una gran recompensa. Encaraba la Avenida de la Constitución con una sonrisa en mis labios cuando recibí, casi por casualidad, una nueva llamada de teléfono: "Cambio de planes, trabajas la próxima semana". Y así fue como regresé a la academia, aunque me gusta llamarla escuela. Y así fue como recibí mis nuevos instrucciones. Y así es como disfrutaré de una nueva semana.

Ellos aún no lo saben, pero volveré al aula B5 el próximo lunes. Les saludaré con un "Buenos días, ¿qué tal estáis hoy?" Y espero que me responda con un "así, así", entonces sonreiré y comenzará la clase. Bendita la lengua de Cervantes.

jueves, 11 de noviembre de 2010

La escritura amiga




Me ha venido a la memoria unas palabras muy sabias que me regalaron cuando aún era demasiado pequeña para comprender casi nada de lo que me rodeaba. Aún llevaba el pelo encrespado y lucía postillas en las rodillas, no me miraba al espejo y soñaba con aquellos sueños que desaparecen cuando franqueas la barrera de la madurez. Lloraba con lágrimas calientes por alguna puñalada de esas que a veces te disparan las manos más amigas, cuando un familiar cercano me tendió la sentencia: "No llores por los que hoy son tus amigos, quizás mañana no lo serán. Recuerda que los amigos te los vas encontrando por la vida. Tal vez, tus verdaderos amigos aún no han llegado".

Hoy recuerdo con perspectiva aquellas palabras, como si me las hubieran grabado con letras de oro en la memoria. Afortunadamente, muchos de aquellos amigos siguen manteniendo los lazos de amistad. Por muy lejana que sea la distancia (espacial o temporal), las cuerdas continúan firmes y sabes que puedes contar con ellos con tan sólo silbar, siempre que sea necesario. Y no puedo reprimir una sonrisa al saber que mis tesoros, aunque distantes, están muy presentes a mi alrededor. Siempre hay una llamada, un café que compartir, una alegría que disfrutar y muchos recuerdos que rememorar.

En cambio, he asistido con dolor -al principio- y desdén -con el paso del tiempo- al adiós de quienes un día fueron como uña y carne. Personas que hoy te ven desde la distancia, por mucho cariño que le guardes; que reniegan de aquel vínculo que os unió y te apartan de su vida de un manotazo. Saludos fríos que, al principio escuecen, pero que comienzan a resbalar por tu propio chubasquero cuando comienzan a acostumbrarte a ellos. Nada merece la pena cuando la otra mitad no te corresponde. El algo se convierte en la nada.

Y es cierto que la vida me ha reportado nuevas amistades. El colegio, la Universidad, las prácticas laborales, el trabajo, las academias, la vecindad... Personas que me han entregado mucho más de lo que piensan y que, para mi sorpresa, se declaran lectoras de este humilde blog que trazo con todo el amor y la dedicación del mundo. Escribo porque me relaja, porque me apasiona, porque es lo que más adoro en el mundo. Escribo desde siempre y, en los últimos meses, para aquellos que atravesáis la red y os adentráis en mi mundo. Escribo porque me ayuda y porque me gustaría saber que os ayuda también a vosotros. Escribo para desahogarme y para embriagarme. Escribo para mí y para vosotros. Escribo porque, de lo contrario, esa persona ya no sería yo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Soñando con la realidad


Suelo soñar a menudo. Cada noche. Y, además, tengo la virtud o la desgracia de recordar casi con detalle todo aquello que navega por mi imaginación mientras duermo. Historias inverosímiles, poco creíbles, temibles, a veces, demasiado agradables... Personas que conozco o desconozco, rostros que una vez tuvieron cabida en mi pupila, otros, que se encuentran perennes en mi percepción diaria.

Sin embargo, cada mañana, al despertar, me veo obligada a tomar unos segundos para poder situarme en mi vida, contextualizarme, recordar quién soy. Como si la noche me hubiese mantenido a años-luz de mi propia existencia. Debo recordar dónde me encuentro, por qué, quién permanece cerca, desde cuándo... y todos aquellos detalles que me devuelven la luz a un nuevo día. No obstante, la gota más amarga aparece en mi garganta cuándo tengo que recordar cuál es la misión de ese nuevo día, cuál es mi cometido, dónde estoy, hacia dónde me dirijo. Y tengo que tragar con fuerza para poder digerirla cuanto antes sin apenas notar su sabor.

Hay días que me contento con la simple idea de trazar un pensamiento en este blog, otros, en los que la realidad me viene demasiado grande para poder calzármela, para moldearla, para dominarla. Hay mañanas que amanecen con los ingredientes necesarios para una motivación sin extremos, con todo el ansia posible por cambiar el mundo, partiendo siempre por uno mismo. Otras, en cambio, se tornan pesadilla y clavan la luz del día como pudieran hacerlo un puñado de alfileres y cristales.

Días en los que me hablo en voz alta, sin complejos a explicarle al mundo quién soy y adónde me dirijo. Otros, en los que preferiría ser invisible y pasear a lo largo y ancho sin que nadie pudiese verme, sin que nadie pudiese pararme, observarme y cuestionarme. Cada vez me cuesta más explicar mi vida. No hay día que alguien me interrogue, me pida explicaciones, espere los detalles. Y yo relato mi perorata, ya casi memorizada a base de la repetición, endulzada, manipulada a mi antojo, como si tuviera que esperar el consentimiento de todo aquel que escucha. No es fácil hablar de tu vida cuándo ni siquiera tiene sentido para ti. Y termino mi discurso y el que escucha asiente o permanece impasible o cambia de tema o quiere conocer más de lo que yo misma desconozco. Y siento como se clavan los alfileres, como vuelvo a la realidad.

-"¿Y mañana qué?".

Mañana será otro día, después de disfrutar o padecer un sueño, de recordar con nitidez o levemente los detalles. Mañana volveré a despertar, continuaré encontrándome y podrá ser una buena o mala jornada. Pero no quieres saber más de lo que nadie sabe, no esperes que te cuente lo que ni siquiera yo sé. No preguntes por una vida ajena que incluso a mí me cuesta dislucir si es la mía.

viernes, 29 de octubre de 2010

Una historia de Halloween


Se acerca la noche mágica de Halloween. Y digo mágica porque los que nos sentimos atraídos por el terror, lo paranormal, lo desconocido... también experimentamos un cierto cosquilleo de emoción en las citadas fechas. Es cierto que la fiesta poco tiene de hispana. Pero, a veces, los préstamos foráneos también ayudan a enriquecer nuestra cultura, a moldearla, a actualizarla y, si no, que se lo pregunten a nuestro siempre new-fashioned léxico.

Desde pequeña me he sentido atraída por esta tradición americana que podíamos observar en el panorama audiovisual que nos llegaba desde el otro lado del Atlántico pero que, sin embargo, no ofrecía ni un ápice de reflejo en nuestro país. Aquí nos limitábamos, y aún nos limitamos, a colocar flores en un lugar inventado que nada tiene ya de aquellos que queríamos y queremos, a sentir dolor, a rememorar las pérdidas. En definitiva, a lamentarnos que es, ni más ni menos, la rémora que nos han legado nuestros antepasados.

El año pasado, por estas fechas, disfruté de tan señalado día en mi calendario en París. Allí la magia americana tiene más avance que en nuestra tierra, y rápidamente me sentí sumergida en su atmósfera desde que amaneció el día 31. Las pastelerías ofrecían sus dulces especiales, los tenderos decoraban sus tiendas y su vestuario con motivos paranormales. Puro marketing que, sin embargo, a mí me embriaga. Tampoco es demasiado difícil otorgar un toque enigmático a la señora del Sena. ¿O acaso lo dudan?

Se acerca Halloween y yo no me disfrazaré de bruja ni de fantasma ni de nada parecido pero, en mi interior, lo celebraré a mi manera. Recordando las historias que me han acompañado desde pequeña, aquellas que me deleitaban mientras las oía, las mismas que me aterraban cuando se apagaba la luz y tocaba dormir, en silencio. Y mientras recuerdo las leyendas, las historias experimentadas por otros, aquellas que suceden a amigos de los amigos que nos narran pormenorizadamente narraciones espeluznantes, caigo en la cuenta de que también podría relatar otras en primera persona...

¿Quién no recuerda la piel de gallina cuando pasabas unos minutos a solas en la cocina de Castelar? ¿Y las sensaciones encontradas cuando accedías al claustro del Julio César? ¿Y aquellos ruidos extraños en Gonzalo Bilbao?

Aún recuerdo el pánico que me supuso entrar en aquella casa que estaban adecentando para entrar a vivir. Su nuevo propietario pintaba las paredes de las habitaciones desnudas a plena luz del día. Yo apenas contaba con siete u ocho años, acompañaba a mi vecina -cuñada del nuevo inquilino- en un día cualquiera, a una hora normal. Aquello pudo ser una mera escena de las que se borran de la memoria pero...aquella escalera... ¡Ay, aquella escalera! Sólo sé que quise irme de aquella casa desde que entré, sólo sé que aquella escalera me estremecía y que tuve que luchar contra mis propias fuerzas para no observarla de forma más detenida, en lo alto, hacia el piso superior. No sé si estuvimos segundos, minutos u horas porque el paso del tiempo ha ido borrando la huella de la memoria. Sólo sé que aún vuelvo a estremecerme cuando recuerdo aquel momento y que vuelvo a experiementar aquel escalofrío mientras escribo estas líneas, mientras golpeo mi teclado. Clic, clac, clic, clac...

Yo ya había oído aquella historia ocurrida en el pasado. Era una de esas crónicas negras que manchan el nombre de los pueblos y sus habitantes. No obstante, era demasiado vieja para aparecer en la prensa como hubiese ocurrido hoy. Era demasiada profunda para tener cabida en las páginas de sucesos y sociedad como habría sucedido en la actualidad donde la violencia de género, machista o como la queramos denominar ocupa la primera plana de la "trama de la facticidad" (creo que fue lo único que se me quedó de aquella asignatura que nos ofreció Galiana). Me habían contado versiones terroríficas del suceso. Unas veces, el crimen había sucedido de una determinada manera. Otros narradores, en cambio, modificaban las versiones y añadían más o menos datos sangrientos.

Cuando llegué a casa, sin entrar en detalles, le cuestioné a mi madre: "¿Dónde vivían aquellos maestros?".

- Ella se sorprendió: "Ya sabes que los maestros suelen vivir en aquellas casas con ventanas amarillas que desde hace tiempo están reservadas para ellos. ¿A quiénes te refieres?". Pero no era ésa la respuesta que yo aguardaba.

- Los del "crimen", le espeté con algo de respeto y marcando cada palabra con intensidad, como si de esa manera nada malo pudiera pasarme. Ella cambió el semblante, entornó los ojos y miró al infinito, sumergiéndose en ese rincón de la memoria donde guardamos aquello que no nos gusta recordar. Fue demasiado trágico para ella. Los conocía, a ambos, como se conoce a aquellas personas que marcan tu día a día sin llegar a alcanzar el grado de la amistad. Con aquellos que coincides en la panadería, al pasear por el pueblo. Con quienes cruzas saludos y despedidas, cuestiones sobre el tiempo o, tal vez, acerca de la subida de los precios... Ella regresó de su ensimismamiento y me miró a los ojos y me señaló la dirección y el número. ¿Por qué lo preguntas?

- Por nada mamá -le dije alejándome- simplemente, porque hoy he estado allí.

Tengan cuidado cuando lean estas líneas. Nadie sabe quien puede estar leyéndolas con usted. Por encima de su hombro.

lunes, 25 de octubre de 2010

En un ángulo del parque


Al cruzar el parque lo atisbo en el fondo. Paciente, impasible, mirando al frente, como si nada ocurriera a su alrededor. Como si nunca hubiese ocurrido nada, sólo su propia existencia. Hacía bastante tiempo que no reparaba en su presencia. Meses, quizás, incluso años. Pero sigue latente, oculto en la realidad más visible, siendo uno más en medio del parque.

¿Os habéis parado a pensar las mil y una historias que esconden los bancos del parque? Todos y cada uno de ellos alberga toda un arsenal de emociones, sensaciones, vivencias. Historias con final feliz y otras, que no lo fueron tanto. Historias de niños, de jóvenes, de ancianos. De personas que aún viven, de otros, que ya se marcharon. Historias llenas de pasión y desenfreno, historias de dolor y llanto. Historias de amistad y enemistades. De secretos que nunca fueron revelados, de conjeturas, de planes de vidas. De encuentros, de desencuentros, de despedidas...

Ese banco que ahora observo ocupa una frase en la historia de mi vida. Un cúmulo de pocas palabras que se quedaron en la nada, en el olvido y que ahora recuerdo como si aquella persona ya no existiera porque poco tiene de mí y yo, ya nada tengo de ella. Fue un banco, sin más, de esos que se acumulan en el saco de los nombres comunes. Pero me sorprende pensar que aún sigue ahí, en el mismo sitio, mientras mi camino hace ya bastante tiempo que se separó de su senda. Ahora vuelvo a cruzar el parque, y lo observo, sin apenas detener mi paso, sin ni siquiera desviar mi camino. Pero lo miro y el me mira a mí. Me recuerda sus recuerdos y yo rememoro la frase, esa que ocupa en mi vida. Pero al llegar al punto, la frase vuelvo a la memoria y, con ella, prácticamente al olvido. Y sigo caminando, devolviendo una sonrisa y susurrando un adiós que percibe al instante. Sabiendo que, aún habiendo pasado más de una decena de años y, ocurra lo que ocurra en mi vida, él seguirá esperando, en aquel ángulo del parque.